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Ana Valera Tafur

Publicado: 2011-01-20

Fundó con otros artistas el Grupo Cultural Urcututu de Iquitos. Concluyó sus estudios de Lengua y Literatura en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana, donde trabajó como docente. Ha sido becaria del Programa Aschberg para artistas de la UNESCO, Jerusalén (1996), y de la Agencia Española de Cooperación Internacional, Madrid (1998). Ha publicado con el poeta y narrador Percy Vílchez el libro de poemas El sol despedazado (Proceso Editores, Lima, 1991), Lo que no veo en visiones (Primer Premio de la V Bienal de Poesía Premio Copé y publicado en Ediciones Copé, Lima, 1992), Voces desde la orilla(Colección Urcututu Ediciones, Iquitos, 2000) y Dama en el escenario (Editora Regional, Iquitos, 2001). Sus poemas han sido traducidos y publicados en inglés, francés y hebreo. Algunos de sus poemas aparecieron en una edición bilingüe inglés-español en la revistaLiterary Amazonia, University Press of Florida (2004). Recientemente ha publicado poesía en la antología Más allá de las fronteras, (Ediciones Nuevo Espacio USA,2004) y ha sido admitida en el Programa de Postgrado del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Davis, UC Davis. Reside en California.

Desde las vertientes

Desde los altos gredales de May Ushin

desde las feroces caídas del Marañón

desde las incandescentes llanuras del Huallaga

mi voz convoca a los habitantes del agua.

Y surcando quebradas desde vertientes remotas

alcanzo vastedades de arcillas recientes.

Así me reúno con habitantes del monte

y nuestras voces se inundan infinitas

en tenues bóvedas incrustadas por la noche.

Porque es posible alcanzar cifras en geometrías sagradas

porque es posible arrebatar códigos de sogas alucinadas

y viajar acompañados por estrellas o soles

atrapados en la fugacidad de intrépidos rayos.

Porque somos una antigua y sola voz,

una liana trenzada bajo los incendios

desterrados o señalados por la belleza de los astros

y su manto de presagio amamantándonos.

Desde entonces rodamos de fuego,

caemos de fuego,

quemamos las últimas naves del exilio,

demonios que se llaman en libros apócrifos

o en abandonados archivos donde no hay olvido.

Pero las madrugadas aproximan las llegadas

y nuestros pies abrevian rutas del miedo:

ojos de búho a la sabiduría destinados

sobre la vía trazada por los abuelos.

Semejante a cada río que despide sus puertos,

alcanzamos la marcha de la luna

invadidos por la tregua

de un viento insondable.

Extravíos

Después de este viaje descansaremos en el puerto,

Lagunas será la primera posibilidad de realizar un sueño.

Es cierta la madrugada precisa

para auscultar negocios de comerciantes y rematistas.

Acaso arribaremos tarde cuando los árboles

han pronunciado la palabra saqueo

y nuestra faena será la misma carrera de los que llegan

despedidos de la competencia.

Estaremos sobrios,

tenues,

alucinados por las noticias de los navegantes

y sus recientes sumarios o extravíos.

Pero también será cierto que nuestros cuerpos

sabrán de llamas de un sol doliente al amanecer

y de embarcaciones y vapores que llevarán nuestras almas

metidas en baúles de madera o bolsas de pan.

Después de este viaje imprevisto

podremos visitar a los amigos registrados en veredas

o en casas de barro donde los sucesos semejan

a la hondura de sus ojos atrapados en aguas distantes.

Brevedad del planeta

Página vacía parece este caserío

Hojarasca en los patios del desvío

Pero en la brevedad del planeta

Un registro ancestral acusa las noticias

Porque este pueblo parece

Un libro de mapas inconclusos

Una ruta y su primera incertidumbre

Despedidos por azotes que el viento expulsa

Los niños de la mañana

Se han vestido de simpleza

Y han librado los recuerdos aciagos

Mientras crecen sus cabellos en hierbas agrestes.

(Sus pasos desvían profundidades

Resguardados en la intrepidez del planeta)

Y

poco

a poco

Se ponen de pie nuevamente

Y cruzan sin prisa apresurados atajos

Lejos de fulminantes pozos de petróleo que la noche esconde

No poseo

No poseo sino una canoa y una parcela de arroz en un barrial,

no poseo sino el rumor del río huyendo siempre.

Aquí en Sonapi los tiempos son malos,

digo malos porque no siempre se come o se bebe.

Entonces pienso si moriré en este lugar.

Los muchachos fieles al pueblo pasan sin verme

y no poseo sino mis ojos que me complacen de día.

Recostada en el puente apunto a la luna,

¿qué debo hacer en esta postura?

Sólo puedo recordar mi nombre cuando los difuntos de silban.

En la espesura

Arrastrados por episodios de exterminio

los peones arrojados hacia los bosques

fueron alcanzados por la sangría.

Algunos moradores escucharon disparos en el aire

mientras bajaban por extraños ríos de miedo

La madrugada crecía en las matanzas

y las abuelas descifraban caminos en la intemperie

Las muchachas del Ampiyacu lloraban el fin del mundo

y sus pies semejaban sierpes vespertinas en los barrancos

Huyendo espantados por las infamias,

ahora todos, casi todos,

somos fragmentos de pueblo en la espesura.


Escrito por

La mula

Este es el equipo de la redacción mulera.


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