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Pánico en la vieja casa

Publicado: 2011-01-22

Por Martín Wong

De pronto, ya nadie quedaba en el pueblo. Sólo aquellos dos hombres ocultos en la casa que da al parque. Como estaban conscientes de ser los únicos sobrevivientes, se prometieron que el primero en morir sepultaría al otro bajo el árbol de guayaba, pues no deseaban que sus cuerpos quedaran expuestos a merced de ratas y gallinazos. No querían salir por temor a contagiarse, y contemplando la ventana, el espectáculo era aterrador: el río vomitaba cada día nuevos cuerpos a las playas, y desde el cielo una lacerante lluvia los descomponía con extrema eficacia. El aire era apenas respirable, tampoco se veían aves en el cielo. Sólo consumidores de carroña que ejecutaban su trabajo con precisión, obedeciendo a un macabro ecosistema que marchaba sin alterar el orden impuesto por la despiadada naturaleza.

En los días que siguieron, ambos hombres pasaban las horas muertas especulando su posible salvación. Por algún motivo la enfermedad no los había tocado aún, y se mantenían vigorosos; pero el agotamiento de los víveres les empezó a preocupar. Al principio confiaban en que la extinción de todo un pueblo sería rápidamente advertida en los caseríos adyacentes, sobre todo al verse privados del suministro de tucunarés; pero luego de dos semanas de espera, temieron estar abandonados para siempre. En la cabaña que les servía de refugio, el último plátano fue consumido con la sopa de la mañana, y el día estaba por terminar.

Siendo hombres bastante fuertes, no permitieron que tal eventualidad los abatiera rápidamente. Uno de ellos escribía lo que hacía cada día para sobrevivir, pensando quizá en convertirlo en algún legado para la ciencia. El otro, más viejo que aquel, hablaba de cosas triviales todo el tiempo, como el olor de la pimienta, la forma en que se mecen las hojas de los árboles, ciertas maneras de hacer el amor sin llegar al orgasmo; también garabateaba un poco. Antes, el continuo parlar de aquel individuo molestaba al escribidor, mas luego entendió que era una forma de sobrellevar la tragedia, como escribir es la suya.

- ¿Crees en Dios, amigo? – preguntó un día el más anciano de los hombres.

- Ahora sí, con urgencia – respondió, en tono desdeñoso, el escribidor.

- Puede que jamás nos encuentren…

- No pensemos en eso ¿quieres?- Dijo mientras miraba hacia la ventana simulando estar ocupado.

- Es necesario…prometimos que el primero en morir enterraría al otro en el jardín, pero es probable que yo muera primero; estoy viejo y diabético, por eso quiero pedirte un favor adicional.

Le disgustaba el pesimismo ajeno, porque aún conservaba la esperanza de ser encontrado. Con dureza, y queriendo concluir rápidamente la conversación, preguntó:

- ¿Qué cosa?

- No me entierres hasta estar seguro de mi muerte.

Al no poder comer nada que brotara, nadara o volara fuera de aquel recinto que creían saludable, empezaron consumiendo las hojas del guayabo del huerto; al terminarse éstas, extrajeron las partes blandas de sus ramas, para luego continuar con la tierra llena de savia alrededor de las raíces. Finalmente, comieron sus propios cinturones y zapatos, que estaban hechos de cuero. Durante todo aquel proceso degenerativo, sus cuerpos se alivianaron tanto que excluyeron, casi sin darse cuenta, toda conversación entre ellos. Aquella mutua promesa era lo único que enlazaba sus destinos.

Una mañana, el escribidor despertó y encontró a su compañero mirándolo fijamente desde la mesa, con el rostro endurecido en un gesto de asombro. Acostumbrado a sus ataques histriónicos, no le tomó importancia y salió al huerto para contemplar la plenitud del cielo. Pensó en su familia, y en los buenos amigos que había dejado en la ciudad, mientras los maldecía por no haberlo extrañado a tiempo. La sensación de frío producida por la anemia aguda lo devolvió nuevamente a la casa, ideando otras formas de olvidarse de las punzadas en el estómago. Buscó su libreta al lado de la mesa y notó que su compañero continuaba en la misma posición de hace un rato, pero esta vez con una rigidez pétrea. Se acercó mucho más a él y comprobó que estaba muerto, o al menos que no tenía pulso, ni latidos en el corazón. Espantado, retrocedió hasta caer de espaldas sobre el mueble. La extraña manera de morir lo sobrecogía en extremo. Había muerto, probablemente en la madrugada, con los ojos llenos de angustia mirándolo fijamente. Esbozando quizá alguna súplica no resuelta, algún ruego no comunicado a tiempo.

Execrables deseos le hicieron ver lo que su amigo pedía con esa mirada: que lo enterrara según el pacto, sospechando quizá que la agresiva carestía le haría cambiar de parecer. Y no se equivocaba. Bajo condiciones tan extremas, aquel cuerpo inmóvil se le presentaba como un envoltijo de abundante carne, vigorosa y saludable, que se echaría a perder si lo arrojaba sobre un hoyo en el jardín. Al no estar seguro de su muerte y recordando sus enigmáticas palabras, decidió esperar la noche para tomar una decisión.

Pero, sea que le quedaban algunos resabios de civilización, o que al imaginarse en la situación opuesta, hubiese deseado no ser consumido por un semejante, o que su religión le obligue a respetar la santidad inmarcesible del cuerpo humano, lo cierto es que al sopesar las circunstancias, optó por no comerse a su compañero y enterrarlo, como lo había prometido. A estas alturas, le pareció que ya estaba bien muerto.

Además, sepultarlo representaba un trabajo agobiante. Esa noche a duras penas arrastró el cuerpo y lo depositó en el hoyo que ambos habían hecho hace unos días, buscando insectos y raíces; lo cubrió con tierra completamente, cual si fuera un delgado manto; elevó una veloz plegaria y retornó a tumbarse, agotado, sobre el mueble.

Aquella fue una noche de sueños confusos; soñó que regresó a casa luego de un largo viaje y que al abrir la puerta, encontró a su esposa tan obesa que le causó una deliciosa impresión. Al acercarse a darle un beso en los labios, soñó que se los arrancaba con desesperación, provocando que ella huyera despavorida. Luego se topó con la mirada póstuma de su amigo, lánguida y suplicante; al intentar acercarse para devorarlo, comprobó que las piernas no le obedecían y se quedaba inmóvil, viendo aquella carne descomponerse ante él sin poder hacer nada. Cuando al fin pudo moverse desesperado, cogió un cuchillo, se cortó las orejas y comenzó a comérselas. Allí despertó.

Lo primero que vieron sus ojos al permitir el paso de la luz provocó que el corazón se le encogiera súbitamente y la piel del cráneo se le estirara. Aquel hombre que había enterrado con tanto esfuerzo la noche anterior, se encontraba allí nuevamente, sentado a la mesa en igual posición y con la misma expresión mórbida en su rostro.

onmocionado, se tocó la cabeza con las manos temblorosas tratando de asimilar la realidad. Tenía que encontrar una explicación lógica y razonable en aquel episodio. Se miró las manos y la ropa, revisó la cerradura de la puerta principal y las ventanas, examinó el huerto. Con mucha cautela, decidió acercarse a examinarlo nuevamente. Estaba frío, sin pulsos ni latidos, igual que ayer.

A pesar de ser un hombre racional, por un momento temió que abra súbitamente los ojos y se eche a andar, por lo que trató no moverlo demasiado. Había leído alguna vez que aún después de muertas, algunas personas continúan moviéndose, aunque desprovistas de toda voluntad, como resultado de la lenta extinción de la circulación sanguínea. En las crónicas de la Edad Media recuerda haber encontrado el relato sobre un hombre condenado a muerte que, luego de habérsele cercenado la cabeza, se alejó dando tumbos hasta el final de la plaza, para finalmente caer a los pies de su esposa. Mentes místicas han interpretado eso como la lucha del cuerpo por aferrarse a la vida, o la posibilidad de sobrevivir a la muerte; quizá es lo que le sucedió a su compañero.

Pero la mañana anterior no tenía pulso ni latidos, no parpadeaba ni resollaba, estaba rígido como una escultura de mármol, clínicamente muerto; y ahora estaba frente a él, sentado y expresivo, como si conversara. Trató de razonar nuevamente: una vez vio a un mago hindú desacelerar su pulso hasta niveles críticos, a un norteamericano ordenar a su corazón que se detenga en un programa de entretenimientos bastante serio; la historia médica registra muchos casos de ahogamiento en el mar, en el que el individuo estuvo cerca de media hora bajo el agua y pudo sobrevivir.

Si bien aquellos antecedentes eran escasos para explicar lo que había ocurrido, le brindaban una idea propincua acerca de la capacidad del cuerpo humano para no doblegarse. Esto le tranquilizó mucho, y le permitió concluir que su compañero, como consecuencia de la inanición, entró en una especie de trance muy parecido a la muerte en sus síntomas, y que durante la madrugada había recuperado el conocimiento, para luego ingresar nuevamente a la casa. Y él mismo sabía de su condición, de allí que le hiciera ese extraño último pedido. Enterrarlo cuando estuviese bien muerto.

Quedaba ahora por establecer cuál era su verdadero estado en este momento.

Resuelto a no tomar decisiones apresuradas, esperó todo el día junto a él a que despertara. Lo extrañaba más ahora que antes, pues aunque de vivo casi no le dirigía la palabra, de muerto se convirtió en su confesor. Quizá era la culpa por haberlo sepultado tan prematuramente. Le arropó con suavidad una manta, frotándole los hombros; luego tomó dos tazas de porcelana y las puso en la mesa silbando la ribereña, que era la única melodía que podía recordar; inclinó la tetera sobre ellas y las llenó de café imaginario. Así permaneció hasta el anochecer, bebiendo sorbos de aire entre cada anécdota mal relatada.

La propia certeza de estar condenado a una muerte muy lenta, lo obligaba a rodearse de acciones cotidianas. Es extraño, pero cuando ya nada tenemos, nos aferramos a las cosas que menos valoramos. Aquella tarde lloró emocionado al observar la salida de una larva de su capullo, y sintió una pena profunda cuando las arañas del techo se lo devoraron. A veces cerraba los ojos durante un largo rato, tratando de recordar cuándo fue la última vez que le habló tiernamente a su esposa.

La noche fue una vorágine. Antes de sentarse a cuidar a su compañero desde el mueble, se le ocurrió una prueba de vida: tomó una pelusa de su camisa y la colocó en sus fosas nasales, para comprobar si durante la noche respiraba. Vigiló el cuerpo durante horas sin pestañear, esperando alguna reacción; pero no observó ningún movimiento. Desde la ventana, el viento ingresaba para agitar sus cabellos, sólo eso. A intervalos regulares, el sueño le hacía perder la noción del tiempo, como si desconectara involuntariamente sus sentidos y cayese rendido al abúlico sopor de la noche; pero tan pronto recordaba lo que estaba haciendo, se ponía de pie y estiraba vehementemente las cejas, respirando muy hondo.

Los rayos del sol lo sorprendieron absorto en sus divagaciones, contemplando a su compañero como quien contempla a un perro gruñendo sordamente. Cuando la luz terminó de llenar la habitación, se levantó para examinarlo de cerca. La pelusa estaba intacta, pero hizo otro descubrimiento: por acción del calor, el cuerpo empezaba a emanar los olores propios de la descomposición. Devastado, pero tranquilo de haber corroborado su muerte, procedió nuevamente a enterrarlo.

Hacía ya varios días que había dejado de escribir, y quiso retomar sus notas científicas. Tenía mucho que registrar acerca de este extraordinario evento que seguramente cerebros más preclaros y menos desgastados sabrán explicar. Recordó que también su compañero solía escribir mientras permanecían sin hablarse, y que incluso cuando su lapicero agotó la tinta, tuvieron que turnarse para tomar apuntes. Él lo hacía de día, mientras el occiso esperaba la quietud de la noche.

Al intentar ubicar los apuntes de su compañero, dedujo con cierto desdén que era muy probable que las haya enterrado con él, pues siempre las guardaba en sus bolsillos. De todos modos, pensó que la humanidad no se perdía gran cosa. La noche volvió como siempre, ensombreciendo despiadadamente sus fuerzas. Sin deseos siquiera de levantarse y trancar la puerta del jardín (una supersticiosa medida de prevención), cerró los ojos y desplomó su cabeza sobre el poyo del viejo sillón.

En las horas escasas que antecedieron al día no soñó nada, tal vez por cansancio. La noche surtió un mágico efecto reparador; pero al despertar, toda la energía de la que disponía para levantarse se evaporó ante el horrendo cuadro que tenía frente a sí: su compañero estaba nuevamente sentado a la mesa, cubierto de tierra, bañado en hedor, mirándolo fijamente igual que ayer, con las apergaminadas manos dispuestas en tono acusador; delgado y sereno como la muerte.

Un vértigo incontenible se apoderó de él, sacudiendo sus percepciones hasta sentir una dolorosa presión en las sienes. Las imágenes a su alrededor comenzaron a moverse mientras la vista se le nublaba lentamente. Desesperado, exhaló un tembloroso gemido mientras se dirigía a la cocina para coger un cuchillo. Al ponerse frente a él, le gritó:

- ¿Qué quieres de mí, maldito enfermo? He hecho todo lo que hemos acordado. Tú estás muerto ¿Entiendes? Muerto. Respeté tu decisión, ahora tú respeta la mía. Quiero que te quedes enterrado en el jardín. No existes más para nadie.

Lo cogió de hombros y lo tiró al suelo para arrastrarlo nuevamente hasta el hoyo, que empezaba a encharcarse. Luego se arrodilló y empujó la tierra que sobresalía con sus brazos, asentándola con golpes desesperados. Al ingresar a la casa, se aseguró de trancar la puerta con el picaporte y arrimó una silla contra la manija. Ahora lo único que le preocupaba era estar perdiendo la razón, motivo por el cual se aferró a sus apuntes mucho más. En sus notas analizaba largamente lo que estaba pasando, evitando explicaciones metafísicas, pero sin poder estar completamente satisfecho. A medida que se tranquilizaba, fue descartando posibilidades hasta convencerse de que la única explicación razonable era que alguien más estuviera en la casa; después de todo, era inmensa y sólo estaba ocupando la sala. A la derecha quedaba un corredor, y a mitad de él, una escalera conducía al segundo piso.

Imaginó que, probablemente, haya un sobreviviente más que asalta la habitación muy entrada la noche. Un hambriento, como él, que tal vez ahora esté agazapado en algún escondido armario, viéndolo reaccionar con insania, poniendo a prueba su cordura, aguardando para devorarlo en cuanto se abandone del todo. Con un último acopio de fuerzas, tapió la entrada al corredor con la mesa y aseguró la puerta de la calle con una barreta, enclaustrándose completamente en la sala. Luego retomó sus apuntes escribiendo, tembloroso:

- No me cogerán sano… No me cogerán sano.

Al principio se resistía tenazmente a cerrar los ojos y descansar, pero las extremas condiciones a las que estaba sometido desde hace días terminaron por abatirlo. En su memoria desfilaban los recuerdos de su hogar; la discusión con su esposa antes de partir, ella llamándolo desde la sala para hacer las paces, él alejándose sin escucharla, orgulloso y tirano, azotando la puerta por última vez. Mataría por oír su voz de nuevo. Pensaba ahora, desde la lejanía, en sus tontos planes de trabajar en el ministerio, conducir hasta Nauta de madrugada, terminar la novela que empezó hace tanto. La vida es tan frágil que no tiene sentido. Para cuando el sol se rendía ante la luna, se halló entregado a un pesado sueño.

Lo que pasó después sólo puede inferirse del estado en que se encontraron las cosas cuando el Ejército allanó la casa, dos días después. Al desoldar las bisagras de la puerta principal, encontraron a un hombre sentado a la mesa, con las manos extendidas y el cuerpo cubierto de tierra, dejando un rastro que venía desde el jardín. Por el avanzado estado de descomposición, se dedujo que había muerto hace días. Al pie de él, yacía un segundo hombre. Estaba tirado boca abajo, y probablemente no tendría más que unas horas de fallecido. Su cuerpo estaba cubierto de pústulas y escoriaciones, producto del rápido contacto con la misma bacteria que diezmó a la población. El descubrimiento más aterrador fue que había muerto apretando entre sus dedos una rata, cuya cabeza había cercenado con sus propios dientes.

Aunque hubieron muchas conjeturas en los periódicos, el informe final de los agentes estatales concluyó, basándose en el minucioso diario del último sobreviviente, que aquella mañana el escribidor se levantó nuevamente conmocionado, al encontrar por tercera vez a su compañero instalado en el mismo lugar, y que, como dejaba entrever en sus escritos, sospechó que estaba siendo manipulado por alguien que seguramente esperaba su muerte con ansias. Preso de la desesperación y sometido por alucinaciones incontroladas, prefirió contaminar su cuerpo con la mortal bacteria antes de ser devorado por aquel extraño imaginario, y la única forma que encontró fue mordiendo una rata infecta. Falto de defensas biológicas como consecuencia de la anemia grave, tardó sólo unos minutos en sucumbir a la enfermedad.

Lo ocurrido en aquella casa planteaba a los investigadores dos interrogantes principales. Primero ¿Cómo se mantuvieron inmunes a la bacteria? Y luego, tomando en cuenta el testimonio del escribidor, ¿cómo es que el cuerpo inerte de su anciano compañero aparecía cada mañana en el mismo lugar ? El informe ya referido con anterioridad, respondía contundentemente a la primera cuestión: la bacteria se había propagado a través del tucunaré, proveniente de los ríos contaminados por los desagües industriales. Ambos hombres eran alérgicos al pescado, por lo que nunca se contaminaron.

En cuanto a la segunda cuestión, se encontraron en el bolsillo del anciano sus propios apuntes, aquellas que el escribidor no quiso buscar, y que de hacerlo, hubieran significado el fin de sus ilusorios tormentos. En ellas, el último párrafo parece haber sido escrito con desesperación:

Perdí la cuenta de los días, sólo espero la noche para dormir y olvidarme de esta pesadilla. El dolor de estómago es fuerte, me canso de respirar, todo se vuelve oscuro. Mi compañero me da miedo. Hace cosas extrañas como levantarse de madrugada a buscar raíces en el jardín. Luego se sacude la tierra, se lava las manos y continúa durmiendo como si nada. A veces toma un cuchillo y escarba entre mis cosas. Una vez me tomó de los hombros y me obligó a levantarme, arrastrándome hasta la mesa. Me sonreía. He intentado detenerlo, pero creo que es malo despertar a un sonámbulo. Ahí está otra vez.


Escrito por

La mula

Este es el equipo de la redacción mulera.


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