VacúnateYa!

Yo quería ser lindo

Publicado: 2011-01-22

Allí estaba Ramón, con el cabello engominado y los ojos de rábano, tratando de acomodar sus pantalones holgados. Un poema escrito en una mano y un ramo de rosas feas en la otra. Así estaba Ramón, clavado como un arpón, frente a la puerta de Azucena.

Azucena en su cuarto, desnuda y tranquila, con las ventanas abiertas para sentir el fresco, hojeaba una revista de modas soñando con aparecer en ellas alguna vez. Toc, toc, te buscan hija. ¿Quién? Un tal Ramón. Ay dile que no estoy. No puedo, tu papá ya lo hizo pasar. Viejo de mierda.

Ahora Ramón está sentado en el sofá, con las manos en las rodillas y la columna recta, tratando de dar su mejor impresión al viejo de mierda, que a pesar de todo no deja de mirarlo como si fuera una especie recién descubierta. ¿Así que, estudias con mi Azucena? Sí señor. ¿Y eres buen estudiante? El mejor de mi clase, señor. ¿Y a dónde la vas a llevar? Al cine, señor. Pórtate bien, y no la traigas muy tarde.

El padre se levanta, va a la cocina y encuentra a su mujer preparando té. ¿Quién es ése idiota? -le pregunta- pensé que saldría con Kevin. Ella encoge los hombros y sale con la fuente de galletas. Sírvete, Ramón, en un momento baja la Zezé.

Azucena se baña tranquila, revisando cada una de las horquillas de su cabello, tarareando todo el disco de Beyoncé. Se prueba unas quince blusas antes de decidirse por la más escotada. Se pone siete pantalones antes de elegir el más ajustado. Se calza sólo una vez, porque tiene por estrenar unos zapatos divinos. Mira su reloj y piensa que dos horas son suficientes para que una chica bella como ella se haga esperar. Apaga la luz de su cuarto y cierra la puerta haciendo el mayor ruido posible. Sabe que eso aceleraría el corazón de Ramón.

Ya para entonces, el pretendiente se había deshidratado a chorros. Nervioso y con todos los temas de conversación agotados, hacía cuarenta minutos que permanecía en silencio, dejando que el ruido del televisor sea el único nexo entre los padres de Azucena y él.

Cuando la joven apareció bajando la escalera, Ramón se puso de pie. Se acomodó las gafas de lupa, pasó revista a sus cabellos engominados, le mostró las flores y le regaló una sonrisa que por sí misma causaba risa. ¿Cómo estás, Azucena? Bien -dijo casi sin mirarlo- vámonos ya que se hace tarde.

Salieron. Ya en la calle, Ramón se detuvo y miró la palma de su mano. Su poema estaba convertido en una mancha azulada que había manchado su rodilla también. Azucena, que se había adelantado unos pasos, se volvió y preguntó ¿Qué pasa? Nada, es sólo que, quería que sepas que me agrada estar contigo. Ah ya. A mí también. No quiero ir al cine, Ramón, llévame a bailar. Pero, tú querías ver esa película. Bah, la podemos ver otro día, vamos, no seas malito ¿sí? ¿Acaso no me quieres?

Sin saber cómo, Ramón se encuentra en un motocarro con Azucena dirigiéndose al Noa. Él la rodea con sus brazos, ella se aparta diciendo que su cabello está demasiado pegajoso, pero le toma la mano. Él pone la otra mano sobre ella y pregunta: ¿Le has dicho a tus padres que somos enamorados? Claro que sí ¿cómo crees que les voy a mentir?

Llegaron. Él pagó las entradas e ingresaron a la disco que reventaba de gente. Ramón nunca había estado en una. Al interior se sentía extraño e inmediatamente se quedó sordo. Azucena iba delante, abriéndose paso como una flecha que rasga el viento. Ramón iba rezagándose, hasta que la perdió en una ola de cuerpos que se retorcían golpeándose como si fuera una bacanal. Se llamaba baile.

Entonces se dio vuelta y subió a la terraza. Las luces vertiginosas y coloridas le provocaban mareos. Casi a arcadas, se aferró a una de las barandas y trató de ubicar a Azucena con la mirada, tal vez pensando que ella esté preocupada por él. Cuando la divisó, estaba bailando con alguien más. No podía notar quién, pero sus movimientos eran tan desinhibidos que le hacían pensar si no lo estaba tomando por estúpido. Como todo un novato, esperó a que la música terminara para que la gente se siente y así poder llegar a ella. En vano esperó casi una hora. Cuando se convenció que era interminable, decidió abrirse paso.

Despacio, pero firme, iba perforando a la multitud como un abrelatas. Azucena bailaba con el chico sin descansar. Cuando la alcanzó, se puso entre ella y el joven y le preguntó porqué se había alejado así de él.

Ah! Es que no sabía donde estabas. Ven, te presento a Kevin. Kevin, él es Ramón. El joven levantó la cabeza y se retiró.

Lo sospechó desde un principio. Kevin era más apuesto. Azucena se acercó y le pidió bailar. Al escuchar aquel verbo, sintió que sus articulaciones se petrificaban. Ella le tomó de las manos y trató de acomodarse a su ritmo, pero era como seguir a un electrocutado. A cada instante la atropellaba y en no pocas ocasiones le propinó un pisotón que la hizo maldecirle por echar a perder sus zapatos recién estrenados. Ramón, entre avergonzado y confundido, le rogó que salieran de allí.

Esta bien, pero cómprame una cerveza. Ramón sacó su billetera y le dio dinero. No se atrevía ni siquiera a caminar hasta la barra. Azucena cogió el billete y desapareció con la facilidad de un espíritu que atraviesa las paredes.

En vano esperó a que regresara por él. Nuevamente, Azucena estaba voluntariamente perdida. Dispuesto a no recibir más ofensas, se dirigió a la barra y la encontró sentada al lado de Kevin, llegando justo a tiempo para ver cómo se fundían en un beso que más parecía una mutua antropofagia. Esta vez fue demasiado. La sangre se le subió a la cabeza y empujó a Kevin tan fuerte que lo arrojó al piso, ante la mirada de todos. Ella es mía -atinó a decir- ante la sorpresa de Azucena que no se creía de nadie en particular. El joven se levantó y, de forma patética, trató de hacer lo mismo.

Qué te pasa enano hijo de puta -dijo Kevin- ella está conmigo huevón. ¿Qué crees? ¿que Azucena está enamorada de ti? Sólo te usa para mantener nuestra relación en secreto. Abre los ojos y cómprate un espejo, deforme de mierda.

Entonces miró a su alrededor y luego se miró a si mismo. Su nariz de loro, su sonrisa que da risa, sus pantalones holgados, su camisa ajustada de leñador que delataba su prominente abdomen, sus zapatillas blancas, su peinado tipo escuadra, sus gafas como rebanadas de vidrio, no encajaban en aquel salón. Miró a Azucena, que se había puesto al lado de Kevin, y le preguntó, casi sin esperanzas, si lo que había dicho era verdad. La chica bella, que sólo pensaba en deshacerse de aquel engendro, sólo pudo asentir, sin atreverse a mirar.

Ahora Ramón está sentado en la plaza de Armas. Son las tres de la mañana, e inútilmante va inventando finales felices para la historia de hoy. Azucena se aparece llorando y le pide perdón. O tal vez aparece golpeada por Kevin, dándose cuenta que era un hombre que no valía la pena y prefiriéndolo a él. O quizá la llama al celular para decirle que venga pronto a rescatarla de los brazos de un malhechor. O tal vez la han dejado abandonada y necesita que la lleven a casa. Pero hasta ahora, sólo un par de putas le han ofrecido sus servicios.

Casi a las cuatro, la silueta de Azucena recorta la luz de los faroles. Camina rápida, pero zigzagueante. Se sienta junto a él y lo abraza, él se siente en las nubes. Lo besa, él se siente en las estrellas. Se retiran a un hotel y hacen el amor toda la noche. Él no puede dejar de poseerla de mil formas. Azucena, Azucena. Yo no soy azucena, soy Dámaris, papi. Te vas a llamar como a mí se me de la gana, puta de mierda. Ven Azucena, quiero que gimas. Soy Dámaris. ¡¡Que te llamas Azucena, carajo!! Ahora dime perdóname por lo que te hice, Ramón, te amo, eres mi hombre ¡¡Repítelo!! ¡¡Repítelo o te doy por el culo!!

Y la puta no obedecía, porque Ramón no dejaba de mirarla con esa sonrisa, esa sonrisa que de por sí causaba risa.


Escrito por

La mula

Este es el equipo de la redacción mulera.


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